Relajación

¡Bienvenidos al último número de The Window Seat! Este mes nos toca relax, y tenemos planes de tranqui tanto de ciudad como de campo.

De fácil acceso desde Roma, el archipiélago pontino alberga impresionantes fondos marinos y aguas cristalinas. Foto: Shutterstock

Una escapada a las Islas Pontinas

Empieza tu verano en este archipiélago italiano del mar Tirreno

En el año 2 a.C. el emperador Augusto desterró a su hija Julia, supuestamente traidora, a una pequeña isla frente a la costa del Lacio, en el mar Tirreno. Su sucesor, Tiberio, desterró a la nieta de Augusto a la misma isla. Otras mujeres de la nobleza romana le siguieron, pasando sus últimos días en este pequeño afloramiento rocoso, a casi 130 km de la costa de Roma. 

Aunque Ventotene, como se conoce ahora a la pequeña isla, tiene un pasado sórdido, se ha convertido junto con su isla hermana de Ponza en un refugio para los habitantes de la península que buscan un respiro del ajetreo de la vida urbana. Hoy en día, las islas del archipiélago pontino (que también incluye Santo Stefano, Palmarola y Zannone) son salvajes y tranquilas, joyas secretas que esperan ser descubiertas. 

Desde Punta Eolo, un promontorio en el que aún se conservan los restos de la villa romana que albergó a estos aristócratas exiliados, se puede ver el mar a kilómetros de distancia. Las aguas de Ventotene tienen un tono cobalto, con matices esmeralda y turquesa. La prístina reserva marina es un punto de partida para los aficionados al buceo para explorar la isla de forma tranquila y relajada. Si no te atreves a bajar al fondo marino, puedes valerte de unas gafas y un tubo para observar la gran variedad de peces de colores. Si la natación no es tu fuerte, pasea por la costa rocosa para descubrir diminutos cangrejos escondidos en las calas. 

Con menos de tres kilómetros de longitud, Ventotene es lo suficientemente compacta como para explorar a pie. Los lugareños prefieren las playas de Cala Rossano y Cala Nave, pero un recorrido por la isla en barco ofrece una perspectiva única. Ve en barco hasta la cercana isla de Santo Stefano, que, al igual que Ventotene, tiene un pasado escabroso con una prisión incluida. De la época de los Borbones, con una singular estructura en forma de herradura que permitía a los centinelas vigilar a los reclusos, la prisión estuvo activa hasta 1965 y albergó a muchos disidentes políticos durante el apogeo del fascismo italiano. Hoy se puede admirar desde las dos playas de Ventotene: salpicada de barcos, ofrece un panorama realmente único, sobre todo al atardecer. 

Si viajas con niños, por la tarde puedes dejarlos jugar en la tranquila plaza del Municipio, de colores pastel. Es peatonal, así que los pequeños están a salvo paseando por la calle para que tú te puedas tomar un aperitivo en uno de los muchos bares que bordean la plaza. A la hora de la cena, tendrás donde elegir: Ventotene se enorgullece de su marisco, que se pueden encontrar en cualquier restaurante de la isla, así como de platos tradicionales como la zuppa di lenticchie (sopa de lentejas). 

Termina tu excursión con un paseo por el puerto hasta el pequeño faro, que actúa como punto de observación del mundo exterior.

Dato curioso: Altiero Spinelli, teórico político e intelectual italiano, escribió el Manifiesto de Ventotene, considerado el tratado que dio origen a la Unión Europea. La librería Ultima Spiaggia, en la plaza principal, dedica una sección a Spinelli y presenta otras obras e historias sobre la isla. 


Desde Ventotene, se puede tomar un ferry a Ponza, posiblemente la más famosa de las islas pontinas. En comparación con el ambiente espartano y tradicional de Ventotene, Ponza es más elegante, la escapada de fin de semana preferida por la alta sociedad romana. Nada supera la impresionante vista del puerto al llegar: una cala salpicada de casas de colores bañadas por el mar, una obra maestra de la época borbónica.

Ponza es más grande que su hermana, con un litoral recortado, ensenadas, bahías, acantilados, calas y playas vírgenes. El centro histórico se encuentra en la parte baja de esta isla volcánica, repleta de encantadoras callejuelas, tiendas rústicas (a menudo situadas en grutas prehistóricas) y sofisticados restaurantes. 

Para descubrir el alma más salvaje y virgen de Ponza, toma el autobús hasta el barrio de Le Forna, en el norte de la isla. Le Forna, alejado de la multitud, permite sumergirse en la naturaleza y está cerca de las playas más vírgenes de Ponza, como Cala Feola y Cala Fonte. 

Camina por el sendero que lleva a las piscine naturali (piscinas naturales). Situadas entre rocas blancas, estas calas volcánicas albergan aguas cristalinas. Alquila una barca de remos para ir de una cala a otra. Por la tarde puedes visitar la cisterna romana de Dragonara. Este yacimiento arqueológico es un ingenioso ejemplo de la hidráulica romana que en su día recogía el agua de la lluvia para beber y bañarse en la isla. 

Al final del día, disfruta de una impresionante puesta de sol que ilumina la escarpada costa de la isla de Palmarola, justo enfrente de Ponza. 

Palmarola es la isla más conservada y salvaje del archipiélago pontino: no hay casas ni puertos, sólo cuevas convertidas en bodegas. 

Las islas pontinas son un verdadero paraíso y una semana es suficiente para desintoxicarse y recargar energías. Si no tienes tanto tiempo y sólo quieres verlas, puedes hacer una escapada de un día con salida desde Roma. 

Por mucho tiempo que pases en el archipiélago pontino, no te arrepentirás de tu elección. ¡Mándanos una postal!